¿Arte o entretenimiento?

Le llaman el séptimo arte, y no sin razón. El cine es un arte en todos los sentidos. Transmite sensaciones, puede reivindicar, denunciar o simplemente hacer que el espectador se deleite, como todas las artes.

Pero con la democratización del cine, los espectadores masivos y el auge de las grandes productoras, el Star System y otras características de Hollywood, al cine artístico le nació un hermano, el cine comercial. Su única finalidad es crear beneficios; para ello, la productora debe recuperar lo invertido y conseguir una suma considerable a mayores. Por lo que es necesario contentar al mayor número de público.

Nace entonces el entretenimiento con fin comercial. La acción barata, la comedia romántica facilona, el drama previsible. Géneros que también surgieron en su momento en la literatura para alimentar la sed lectora de las masas.

El problema es que el cine requiere una inversión mucho mayor que la literatura, y no solo las productoras son imprescindibles para un cineasta, su trabajo depende también de las distribuidoras. Porque aunque al hacer arte la idea no es tener unos beneficios astronómicos, hay que recuperar la inversión para seguir produciendo. Sin mencionar que al artista le interesa compartir su arte con el público. Pero la mayoría de las productoras y muchísimas distribuidoras no están interesadas en proyectos que no les garanticen ingresos elevados. Por ello, ahora el cine artístico parece tener también la obligación de entretener.

Entiéndase entretener como divertir a la mayor parte de la población que sea posible. Porque un degustador de cine puede entretenerse con una película que la mayoría de la gente consideraría aburrida al quedarse solo en la superficie de la obra. En el grado de apreciación entran en juego muchos elementos: el bagaje cultural, el imaginario social, el conocimiento del medio, hasta las propias experiencias. Por eso el arte es una empresa muy compleja.

Y hacer arte entretenido y para todo el público es todavía más complejo. El artista en realidad acaba llegando a un público muy determinado, dependiendo de su obra. La gente que disfruta con Woody Allen no tiene por qué ser la misma que adora a Lars von Trier, son cineastas muy diferentes, pero ambos tratan de hacer arte. No siempre lo consiguen, obviamente, y a veces sucumben a las necesidades del mercado. Es el ejemplo de Vicky, Cristina, Barcelona, de Woody Allen. O se sumergen en películas que hacen bostezar al gran público a pesar de su genialidad artística, como fue el caso de Dogville, de Lars von Trier.

La solución ideal sería la educación de la gente en materia cinematográfica. Al igual que se educa en literatura, se puede educar en cine. Seguirán existiendo las películas de entretenimiento y beneficio como único fin (igual que siguen existiendo los bestsellers y las novelas fáciles), pero aumentará el número de espectadores que al pagar el precio de las entradas de cine quiera ver arte; lo que aumentará el interés de productoras y distribuidoras en ese tipo de cine. Si no, siempre nos quedarán los cinefórum.

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